Aliud Pro Alio: el gato por liebre jurídico

Analisis del Aliud pro Alio frente a los vicios ocultos

Recientemente hemos concluido la primera instancia de un pleito en el que nuestros clientes, tras reclamar judicialmente el pago de un mobiliario, son reconvenidos por dos cuestiones: 1. el mobiliario no es el contratado, y 2. la existencia de vicios ocultos. 

De esta forma, la parte inicialmente demandada se opone al pago de la cantidad reclamada invocando como principal la doctrina del Aliud pro Alio – una cosa por otra- o dicho de manera más cotidiana, «nos han dado gato por liebre».

Planteada así la cuestión, los clientes nos indican que el mobiliario instalado es de la marca solicitada – y así consta en el contrato firmado-, así como que el comprador estuvo presente durante el montaje del mismo, sin manifestar, en ningún momento, queja alguna.

Es más, una vez finalizado el montaje de los mismos, el comprador solo indicó cuatro pequeños desajustes, propios de un montaje de mobiliario. Una vez subsanados tales desajustes, no se volvió a tener noticia de él, observándose posteriormente que, actualmente, continua usando el mobiliario instalado.

El Aliud pro Alio

Esta es, en inicio, una postura totalmente legítima en el presente supuesto. Si el comprador entiende que en ningún momento contrató lo que efectivamente le ha sido instalado, aunque la documental indique lo contrario, debe ser el juez de instancia quien dirima la cuestión a la luz de la prueba practicada.

En la sentencia, se determinará si concurren los requisitos para aplicar dicha doctrina: que se haya entregado cosa distinta a lo pactado,  o bien que se haya entregado cosa que, por su inhabilidad, provoque una insatisfacción objetiva, es decir, una completa frustración del fin del contrato. En tales casos, surtirá efecto la principal consecuencia del Aliud pro Alio: la resolución contractual.

Los vicios ocultos

De igual manera, los vicios ocultos podrían, en principio, tener cabida en este supuesto. Podría suceder, por ejemplo, que la madera o los herrajes estuviesen internamente en mal estado, algo imperceptible a primera vista por el comprador, y que terminaría por colapsar los muebles.

Sin embargo, los «vicios ocultos» que se alegan por la parte contraria tienen poco de ocultos: puertas y cajones descolgados, agujeros de tirafondos sin tapar, rayones en partes totalmente visibles… Todo esto choca con los requisitos fundamentales de los vicios ocultos: que no estén a simple vista, que tengan cierta gravedad, y que el daño exista antes de la compra.

Parece complicado conjugar tales requisitos con el hecho de que el comprador estuvo presente durante todo el montaje, sin mostrar su disconformidad en ningún momento. Tales defectos solo son apreciados una vez se le formula demanda en reclamación de la cantidad que adeuda.

Aplicación conjunta del Aliud pro Alio y los vicios ocultos

Chirría bastante, en este supuesto concreto, invocar la doctrina del Aliud pro Alio conjuntamente con la existencia de ciertos vicios ocultos -aunque es una posibilidad admitida por la jurisprudencia- para así obtener, o bien la pretendida resolución contractual o, en el peor de los casos, una minoración de la cantidad a pagar, que se solicita subsidiariamente.

Volviendo al ejemplo inicial, resulta que, si bien en inicio se había hecho entrega de un gato por una liebre, al final el animal entregado si que puede que sea una liebre. El problema es que la liebre está coja, por lo que no vale para su fin. Pero, por si acaso, a ojos del juez la liebre solo cojease levemente, nos quedamos con ella. Pagando menos, claro.

Dicho de otra forma, lo que se pretende en este caso es abarcar todas las posturas posibles. Esto es, por descontado, un sinsentido. No tiene lógica pretender la reducción económica del objeto de una compraventa de la que también se procura su extinción por inhabilidad.

¿En qué quedamos: es gato, o es liebre?

Escrito por Gonzalo Bolado Contreras

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